'El Sablazo' por Jacqueline Campos
Inmóvil se le tuvo que quedar el
píloro a Ignacio cuando vio la cuenta del almuerzo que disponía a hacer su
apacible digestión y que, por supuesto, ni las playas paradisiacas de
Formentera fueron capaces de ayudar a olvidar el presunto asalto a mano armada
al pobre hombre. Pero, desde luego, nada comparable al actual estado de tráquea
que se le ha debido quedar al propietario del ya famoso restaurante en todas
las redes sociales y medios de comunicación que se han hecho eco de semejante
sablazo. En pocas horas la polémica
factura del verano pasó de internet a las redacciones para terminar en la opinión
pública y en un posterior análisis de lo que, por desgracia, es una práctica
para ‘algunos’ en el mes de agosto allí donde se concentra el turismo.
Gracias a la genial idea que tuvo
la víctima en cuestión, dudo que al dueño del local se le ocurra volver a
cobrar 337 euros por un pescado al horno, una copa de verdejo y una ensalada.
Por mucho que haya salido al paso de las críticas diciendo que le sorprende el
revuelo causado ya que es el cliente quien elige meterse en su restaurante
atraído por el ambiente y con el valor añadido de comer allí. Pues mire usted,
mucho me temo que si nuestro comensal hubiese tenido la información precisa y
correcta de lo que iba a degustar, le digo yo que nanai de la China se iba a
haber quedado con las manos en alto para someterse a semejante abuso. Que ya
nos sabemos todos la milonga de lo del precio según mercado y que, por cierto,
se trata de una frase en carta expresamente prohibida.
La calidad en un establecimiento
no tiene porque que estar vinculada ni al engaño ni a la trampa, como bien
expresaba Ignacio en las redes acompañando la fotografía de la mencionada
cuenta. Y digo más, por mucha concurrencia de miembros de la realeza,
millonarios o farándula asidua a un local no significa que se deba tener
licencia para matar a los que después mantienen el lugar abierto el resto de la
temporada. Además, solo hay que darse una vuelta por los lugares apellidados
como top, chic o mejores del mundo para constatar que la calidad no tiene
porque ser tan insultantemente cara. Y esto no debería quedarse en una mera
anécdota ajena a nuestros lares porque también en Marbella algunos deberían
tomar nota.













